martes, 14 de junio de 2011

La desdicha de un sino cualquiera

Incómodo pero sin sospechar lo que en realidad le había pasado, quiso retirar la sábana que le cubría, pero solo alcanzó a revolverse torpemente sobre ella. En ese momento reparó en lo pequeño que se sentía y empezó a preocuparse.

Pensó en llamar a Evelin pero luego se dijo que no quería molestarla por, claramente, un efecto secundario del jarabe, así que decidió levantarse por su pie y llegar al baño. Se bajó de un salto y se sorprendió al haberse apoyado en cuatro patas. La preocupación dio paso al pánico y sin querer tropezó con la bandeja y tiró el agua al suelo. A oscuras, se resbaló con el líquido pero atinó hacia la puerta y ¿arañó? con insistencia la puerta hasta que Evelin entró por ella y Anvil pudo escapar, apenas reconociendo sus pies.

Llegó al cuarto de baño y se coló por la puerta entreabierta. Se subió a la taza del váter y de otro salto alcanzó el lavabo. El espejo, que cubría toda la pared, le esperaba.

El corazón le latía a dos mil por hora, atenazado por la angustia. Inspiró hondo y decidió mirarse de una vez por todas.

Y cuando lo hizo, se quedó de piedra.

Se había convertido en un gato. El mago le había maldecido.

Apenas podía creerlo. Tenía casi el mismo tono que su piel, dorada, con mechones más oscuros, y los ojos tan violetas y brillantes como cuando era humano. Parecía ser el único signo que le quedaba indemne, aparte de la conciencia. Había sido reducido a un animal, a un gato, a un felino de treinta centímetros.

—Pero aun puedo hablar—murmuró. Tenía la misma voz—. El problema es que nadie habrá visto muchos gatos parlantes.

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