martes, 19 de julio de 2011

Metralla en el corazón

La bomba les sorprendió a todos. Instantes antes se encontraban reforzando la base militar, fortaleciendo las trincheras y ayudando con los heridos. La palabra «descanso» no figuraba en el diccionario profesional de los soldados. Todas las acciones estaban coordinadas en grupo; la eficacia en sus acciones, sin ninguna otra competidora, era el primer principio de todos los que componían el credo militar.

Fue un mes duro. Durante días, intensas réplicas azotaban el país, convirtiéndolo en un hervidero de víctimas. Desde los helicópteros, reporteros extranjeros retransmitían, y proyectaban en las casas de todo el mundo, atroces imágenes sobre lo sucedido. El caos se hallaba en cada esquina, en cada persona y en cada grano de arena, que días antes había pertenecido a los cimientos de algún hogar.

Un día la guerra acabó. Los estruendos dejaron de acompañar los sueños de los pequeños supervivientes que se agazapaban entre ellos en tiendas de refugiados. Por primera vez en un mes, una eternidad para todos aquellos que vivían y morían allí, el amanecer no fue precedido a una alarma de emergencia. El canto de los pájaros iluminó el cielo, que seguiría encapotado durante muchos días más.

Un soldado salió de la tienda y dejó que el sol bañara su rostro, profundamente marcado por las huellas del terror. Se quitó el casco y, tras contemplar cómo el sol se ponía en lo alto, sacó una foto del bolsillo del pecho. Su mujer y sus hijos le sonreían desde el salón de su casa, lejos, muy lejos de allí. Derramó lágrimas amargas; se liberó de aquel sufrimiento que las balas no habían sabido eliminar.

Mientras se encaminaba hacia el avión no pudo evitar mirar atrás. «Otros no han tenido tanta suerte. Eran igual de fuertes, igual de ágiles, igual de humanos; también tenían familia y esperanzas. Compartimos secretos y planes de futuro. ¿Y hoy, qué queda de ellos? No, el recuerdo no es suficiente cuando quieres a alguien.»

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