domingo, 14 de agosto de 2011

Perseidas, o un viernes casi de madrugada

—Ohm, buenas noches.
—O buenos días, según sea el afortunado.
—Eres tan remotamente frágil y poco sofisticado, Arturo…

Casiopea acarició su cabellera plateada como si fuera un arpa y tocara una melodía inaudible. Poseía unas pestañas tan largas que llegaban hasta el mismísimo cielo, y con solo desearlo podía poner a un hombre a sus pies; sus ojos eran dos zafiros refulgiendo en el espacio, supernovas azules, incandescentes. Era de belleza grácil pero inusual, pues se movía con la sutileza de un junco y la delicadeza de una gran mujer. Aun tumbada, con las piernas recogidas como se hallaba, se intuía la esbeltez de su figura. Nadie, ni aquel en su presencia, se aventurarían a contradecir algo semejante.

Así que al pie del cielo y a millones de años luz se encontraba Arturo, en el inmenso lienzo nocturno y únicamente iluminado por todos ellos, las constelaciones, la luna y otros enseres.

martes, 9 de agosto de 2011

jueves, 4 de agosto de 2011

Continuar o rendirse: la decisión no es fácil


En ocasiones, para lo único que te sirve la fuerza de voluntad es para aguantar sufrimiento innecesario. Impulsado por la idea de que jamás debes de rendirte, el dolor va erosionando tu cuerpo. Mientras cabeceas en la cama intentando dormir, piensas en lo que te está sucediendo y lloras.

«Nadie dijo que fuera fácil» es lo que te repites para seguir al pie del cañón; sujetando en una mano una espada y en la otra una toalla, quieres avanzar sobre arenas movedizas. Ellas van serpenteando entre tus piernas, absorbiéndote poco a poco sin que realmente te des cuenta de que estás perdido. Para salir de allí quizás debas hincar la espada en las arenas y dar un gran salto, pero ellas no te lo permitirán. Y esa toalla de poco te servirá para seguir caminando.

A veces te entrarán ganas de llorar y de dejarlo todo. ¿Quién podría echártelo en cara? ¿Quién querría? Todos nos hemos sentido así alguna vez. Sin fuerzas, sin energías, viendo cómo las arenas movedizas tragan hasta nuestra voluntad más férrea. De vez en cuando verás una mano a lo lejos y te aferrarás a ella, pero solo podrás avanzar así unos metros. Esa mano desaparecerá pronto, o quizás no aparezca nunca. La lucha siempre es individual.

Sigue andando: un día dejarás de hundirte. La tierra volverá a ser sólida y correrás tan rápido y tan lejos como quieran tus pies, y podrás conseguir lo que deseas. Probablemente todo es perfecto entre el camino y el destino, así que intenta no mirar al suelo mientras tanto.