domingo, 10 de julio de 2011

La panacea

Aunque el día no es de los mejores, Ella se sienta para escribir como debería haber hecho todos los días. De repente quiere tacharlo todo y volver a empezar con algo más impactante, pero decide dejarlo. El principio ideado en su cabeza es más resultón e inquietante: «y se despertó». En otras circunstancias lo habría puesto, pero hoy son palabras reversibles, algo así como ironizarse a sí misma, joderse por la ofensa y reírse por la ocurrencia. El pulso le tiembla cada vez que descansa la mano y sabe que esa sensación perdurará hasta quizá la noche, y siendo optimista después de comer recobraría su naturaleza tocapelotas.

Al despertarse[1] lo primero que hizo fue llamarle a Él. Su voz de efectos balsámicos alivió la carga de la noche anterior casi inmediatamente, tanto que Ella no pudo más que echarse a llorar, agradecida, exhausta, de poder escucharle. Su pequeño reto se había ido al traste y luego de intercambiar unas palabras con aquel chico gafapasta que derrocha amor por los cuatro puntos cardinales, se sintió bastante mejor, incluso más fuerte. Además de la autoconvicción, saber que alguien está a tu lado incondicionalmente te puede sacar de más de un apuro, sea nimio o no.

Ahora, Ella recuerda todo el día desde la cama de flores, no tan cansada pero sí impaciente por descansar y sentirse bien. Cuando se acuerda su osito sonríe y relaja el semblante. Está muy acostumbrada a agradecer las cosas en silencio, es decir, interiormente, y dar una sensación de falsa indiferencia, pero nada está más lejos de la realidad: da las gracias día tras día por poder sentir eso tan indescriptible. Nunca sabrá si se trata de estabilidad, apoyo, afinidad, lealtad… Bueno, se dijo, lo llamaré amor.



[1] Es una expresión que globaliza: «después de llegar a casa, dormirse, desvelarse, dormirse, ponerse histérica, mudarse de cama y comer algo». Pura economía lingüística.