martes, 3 de enero de 2012

Detrás de una estrella, luz azul

Dana no se preguntó qué hacía ahí tumbado, yaciendo como muerto entre las llamas. Yo naufragaba por los mares de la locura intensa y aún más abrasadora que el incendio que había provocado, sin querer, a mi llegada. En la semiinconsciencia, noté varios pares de manos levantando mi cuerpo y trasladándome lejos del fuego.

Era una tierra yerma, decorada por una fina capa de polvo marrón y piedras del tamaño de una hormiga.Apenas me habían inclinado cuando la superficie pedregosa empezó a arder, primero con una pequeña chispa que recorría cada rasguño de la tierra, después con una gran llamarada que obligó a los bomberos a apartarse de mí.

Nadie podía entender por qué se consumía lo que se encontraba cerca, pero Dana sí. Ella me había visto llegar desde el cielo envuelto en luz; había visto cómo me precipitaba por el lienzo estelar y caía sin más remedio que estrellarme contra este bosque y arrasarlo entero. Pero además, Dana lo sabía porque era ella la persona que me había hecho descender.

La tercera vez que mi cuerpo estalló como una supernova, decidieron dejarme solo, y antes de perder la conciencia observé sus rostros descompuestos por la sorpresa, la tristeza y la desazón de no poder ayudarme. Quizás ellos nunca miraban el cielo. O quizás sí lo hacían,  y pidieron un deseo cuando la estrella ya sobrevolaba otra galaxia.

Si no estamos muy lejos podemos oír los deseos de las personas, pero nunca podemos  retroceder para hacerlos realidad. Solo en el momento exacto en que una voz invade nuestro corazón y nos obliga a parar entre el tiempo y el espacio, debemos morir en una larga agonía, a los pies de la persona que realizó el deseo. El intercambio equivalente funciona así.

«Deseo una vida plena.»
Las estrellas fugaces también deseamos brillar sin consumirnos...