martes, 10 de enero de 2012

Un pingüino en zapatillas


Eloy iba de camino a casa. No era ni media tarde y las nubes, antes oscuras y peligrosas, habían dado paso a un sol caluroso. El cumpleaños de Violeta aún duraba, pero él no había sido invitado.
Después de presentarse en su casa, apelando a la compasión que podría aflorar en ella al marginarle y recibir una negativa sólo por ser Eloy Cañas —pues de nada más le conocía Violeta—, había vuelto a casa a por su disfraz de pingüino. Iba a demostrarle que era un chico simpático aunque no fuera tan fanfarrón ni jugara al fútbol como Javier.
El disfraz era de pieza única, así que Eloy se lo puso de abajo arriba, subió la cremallera para ponerse la capucha y bajó la visera que conformaba el pico. Así, oculto en el forro polar, nadie sabría su verdadera identidad.
Cuando volvió a la fiesta y llamó al timbre, le abrieron la puerta sin preguntar quién era el que respondía al nombre de Pingüino. Fue un logro entrar en la casa, pero fue todavía más increíble ver que los demás, incluida Violeta, le prestaban atención.
—¡Eh, chico pingüino! ¡Molas!
—¿Dónde te lo has comprado? ¡Quiero uno igual!
—¡Estás invitado a mi fiesta!
Y así uno tras otro. Le ofrecieron refresco y comida como si fuera el rey de la fiesta, trasportando a la cumpleañera a un segundo plano. Nadie se había fijado en que llevaba zapatillas de deporte ni, bueno, en que no era un pingüino en realidad, pero no parecía importarles. De repente era uno más.
Eloy se sentía eufórico. Había jugado con otros niños al baloncesto y al pañuelo, y no le habían empujado ni una sola vez. Estaba maravillado, asombrado. Quizás al día siguiente podría explicarles que él era Pingüino, y así acabaría con sus recreos de soledad.  Sus compañeros no eran tan malos, pensaba, pues ahora se estaban comportando bien. ¡Y todo por ser un pingüino! ¿Sería el animal preferido de toda la clase?
No, se dijo, desinflándose como un globo, claro que no. Les había caído bien por ser otro que no fuera Eloy, no por ser un pingüino; cualquier disfraz hubiera valido. Cuando asimiló esta razón, que fue quemándole por dentro hasta sentir que se abrasaba, bajó la cremallera hasta quedar al descubierto.
—¡Violeta! —dijo uno—. ¡Eloy se ha colado en tu fiesta!
Violeta se aproximó a todo correr con los labios fruncidos. Aquel pingüino, que le había robado toda la popularidad en su propia fiesta, ¿era Eloy Cañas? Es decir, ¿Eloy le había hecho ser el segundo plato de sus amigos?
—Fuera. Fuera de aquí —susurró, y todo el mundo la oyó.
—¡No entiendo por qué! —gritó Eloy, cansado y a punto de llorar—. ¿Por qué tengo que marcharme? ¿Por qué soy el único al que no has invitado? ¿Qué diferencia hay entre el pingüino y yo? 
—No conozco al pingüino… O eso creía —replicó la niña.
—¡Ni a mí tampoco! ¡Y has preferido a un pingüino con zapatillas antes que a mí!
Violeta acusó sus palabras, tan cambiante como solo una niña de ocho años podría ser. Eloy, sin embargo, era un volcán en erupción, y siguió hablando.
—Ya no quiero estar aquí. Puedes quedarte con el pingüino si tanto te gusta.
Eloy tiró el disfraz a los pies de Violeta y huyó tan deprisa como le permitieron sus pies. De camino a casa pasó frío, pero apenas lo notó.