miércoles, 11 de abril de 2012

¡He vuelto! L de Londres

Los ingleses tienen las manos frías. El cielo encapotado nos acompañó desde que bajamos del avión hasta el despegue cuatro días después, que fue cuando llegó el diluvio universal. De todas las cosas que podría decir sobre el viaje o sobre la ciudad, me quedo con la perspectiva de un Londres casi con ecosistema propio. Yendo por la calle -que vaya aceras y carreteras del demonio- la gente miraba al frente y se escudan en sorry cuando te han metido tal hostia con el hombro que te balanceas durante un rato. Así que enseguida rompimos el mito de que son muy educados. Quizás otros puedan llamar educación a sus palabras distantes cuando te diriges a ellos, pero no precisamente por su gentileza. 

A fin de cuentas, Londres es muy especial. No solo por la variedad de tiendas y esa estética propia que poseen los ingleses -es un eufemismo para decir que o visten muy bien o van hechos unos adefesios- sino porque cualquier persona que viaje hasta allí debe abandonar todo lo que sabe y empaparse de nuevas tradiciones. Los establecimientos cierran pronto, el low cost es una leyenda urbana, no comen ni venden pipas... Las carreteras tienen señalado hacia qué lado tienen que mirar los peatones porque si no no hay Dios que se aclare y más de una vez hemos estado a punto de morir atropelladas. Está bien, estoy exagerando, pero si vais o volvéis a Londres alguna vez acordaos de mí. 
 La oferta turística es genial, y eso que en cuatro días no da tiempo más que a ver toda la zona oeste, que es el centro de Londres. Hay muchos monumentos que ver y muchos parques que recorrer, y son preciosos, por cierto, pero creo que hay que saber aprovechar la multiculturalidad de esta ciudad y dejar los main places de lado. A mí me gusta la idea de estar tomando un frapuccino alrededor de una mesa redonda en el Starbucks más cercano, es decir, joder, estoy en Londres, no en la cafetería de al lado de casa. A veces me imagino el corazón de la ciudad como un stop motion en el que las personas, los coches y el cielo se mueven mientras tú permaneces inmóvil. Esta fue una de las sensaciones que no pude disfrutar, pero ya he prometido volver para sentir Londres a mi manera. 

Nosotras nos establecimos en Docklands, en East India, a casi una hora del centro por culpa del tráfico. Deciros que los autobuses de dos pisos son geniales, pero si no subís con especial rapidez las escaleras para ir arriba del todo, vuestra nariz podría verse afectada en un volantazo. De nada, y no os preocupéis: alguien tenía que sacrificarse por el resto. También me inventé algunas palabras hablando inglés -los nervios del directo- pero voy a enterrarlo en el baúl de los recuerdos. No, lo más reseñable fue cuando intentamos hablar con acento inglés mientras pedíamos una pizza y al pedir las bebidas nos salió acento americano. Imaginaos: es como si alguien os habla en español y de repente termina con "y me ponés una botesha de agua". La dependienta no dijo nada porque... bueno, es inglesa.

Lo único de lo que debo advertiros es que es tremendamente caro. Un billete del urbano cuesta casi cuatro euros, y aunque las distancias son bastante más amplias que en Vitoria, por ejemplo, no justifica sus precios abusivos. Nosotras cometimos el error de pensar que todo estaba cerca y no, for God's sake, nada estaba cerca. Ocurre tanto igual con la ropa y la alimentación -la comida basura no vale-... aunque, bien pensado, estos precios se corresponden al modo de vida londinense; supongo que no por nada es una de las ciudades más caras del mundo. 
 Clicad para ampliar las imágenes. :) En mi facebook encontraréis más, y en mi flickr también. Bueno,  ¿habéis estado en Londres? ¿Qué os pareció, coincidís conmigo?