jueves, 14 de febrero de 2013

Lo esencial es invisible a los ojos

 «El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
—Por favor... domestícame —le dijo.
—Bien quisiera —le respondió el principito—, pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.
—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
—Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.
—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día no se
parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.
—Tuya es la culpa —le dijo el principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
—Ciertamente —dijo el zorro.
—¡Y vas a llorar! —dijo el principito.
—¡Seguro!
—No ganas nada.
—Gano —dijo el zorro—. He ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme
adiós y yo te regalaré un secreto.

lunes, 11 de febrero de 2013

Corrigiendo con estilo (II): calidad VS cantidad

 Odio retrasarme. Sí, lo odio. Y los que me conocen saben que no utilizo la palabra "odiar" con la ligereza habitual, porque odiar es como amar pero al revés. Sin embargo, llegar tarde es la peor de mis maldiciones. Sobre todo corrigiendo.

Con cada manuscrito aprendo un poco: expresiones que no sabía que existían, formalidades, latinismos, palabros... Pero lo que más me llama la atención es encontrar pedacitos del escritor asomando entre líneas. Quizás no estén escondidos, claro, quizás solo hay que fijarse bien. Empiezo a pensar que los correctores tienen una doble labor: pulir el manuscrito hasta su máximo posible y guardar los secretos que descubre por el camino.

También he aprendido que mi trabajo como correctora acaba cuando pongo punto y final, pero aún soy su guardiana y debo velar por la novela cuando viaja a los campamentos editoriales o cuando se autoedita. Al fin y al cabo he sido parte de su crecimiento. Me condiciona. Llamadme romántica si queréis, pero no es tan "a otra cosa, mariposa" como creía. Por supuesto que sigo adelante y cojo otros manuscritos, pero intento estar en contacto con los autores después. No sabría decir si es un fallo o una virtud; fallo porque me implico más de lo que debería, virtud porque quien confíe en mí no se verá traicionado -básicamente porque no he recibido ninguna queja, sino al revés-. Siempre pienso que lo bueno se hace esperar, pero también es verdad que los plazos están para cumplirlos.

Y entonces llego a la encrucijada. ¿Corregir más rápido, arriesgándome a desmerecer un poquitín el resultado final, o atender a la calidad, intentando no salirme demasiado de los plazos? Porque esta es mi metodología: cuando encuentro un fallo, lo corrijo, y si da pie a una posible duda, le explico al autor el porqué de la errata y su significado. También tengo en cuenta las voces, el registro y el nivel léxico del escritor, y luego ya atiendo a la coherencia entre los párrafos. En total, me leo el manuscrito cinco o seis veces. La primera es para conocer la historia. En la segunda me pongo las gafas de correctora. Las demás lecturas van sobre la marcha. El resultado final son dos: uno limpio y con todos los cambios aceptados, y el borrador en rojo para que el autor vea lo que he hecho.

Por eso soy incapaz de corregir tan rápido como debería, y también por eso se me van los plazos volando. Sé que no hay excusas para el retraso. Al fin y al cabo, me pagan para esto, pero estoy a punto de licenciarme y estoy de prácticas en una editorial -quizás haga una mini sección con esta experiencia, porque lo vale-, y este trabajo no me ocupa el 100% del día. Esto es así. Lo único que pido a mis clientes-escritores-futuros compañeros es que tengan paciencia.

Próximamente, si queréis, os cuento largo y tendido mi metodología en la corrección, al estilo de Mi proceso de creación literaria.