sábado, 7 de junio de 2014

La paradoja o por qué poner punto final es importante

La autora nadando entre historias
¡Atención! Estoy reflexionando...

Empecé a escribir desde que tengo memoria. Recuerdo que mi primera historia era un calco descarado de La pajarería de Transilvania y Gárgolas y ni siquiera la terminé. No sé en qué momento me planteé mis propias historias (y creo que siempre estoy influenciada por alguna corriente), pero no paré de escribir desde ese el día D hasta bien pasada la adolescencia. Para mí eran todo novelas. Grandes. Enormes. Cogía una idea y la desmenuzaba en cien o doscientas páginas hasta que se me ocurría algo mejor y la abandonaba en el ordenador. Así sucesivamente con los ahora veintiséis proyectos a los que nunca puse punto final. Por aquel entonces no me importaba demasiado porque escribía por escribir, por imaginar, pero sin ningún aliciente. Cuando empecé a preocuparme por dejar las cosas a medias, el caudal de palabras disminuyó tanto que pensé que se había secado. A esas alturas, lo más lógico era decir que había dejado de escribir. Un poco irónico, porque solía fantasear con ser una profesional.

Pero la vida sigue. El deseo loco que tenía por publicar se marchitó conforme aprendía sobre gramática y edición y desapareció por completo hace unos años. Ahora estoy enfocando mis esfuerzos en terminar proyectos de cualquier envergadura. ¿De qué me sirve pensar en publicar, publicar y publicar si tengo tres cuartas partes de mi haber a medias? Es fácil llegar a esta conclusión, pero no tanto llevarla a cabo.Y para alguien que se maneja muy mal con los plazos y con "terminar" cosas, ese esfuerzo me costará la vida entera. Lo curioso de todo esto, veréis, es que antes escribía novelas larguísimas, con tramas y subtramas y subsubtramas y ancha es Castilla, y ahora me siento realizada con novelas cortas (o relatos largos, que dirían algunos; hoy no me apetece discutir) y relatos. Para estos últimos tengo que dar las gracias a mis editores, porque sin ellos no escribiría una gota. 

Lo que quiero decir es que a veces la vida es muy paradójica. Ahora que tengo madurez suficiente para enfrentarme a lo editorial, el ansia ha desaparecido, y las cataratas en las que me ahogaba se han convertido en ríos más modestos. Pero nado a gusto.