lunes, 13 de octubre de 2014

Eleazar, ¿qué ven tus ojos de autora?


Si el título no os ha llamado la atención, nada lo hará. Me apetece comenzar la semana con una entrada personal, alejada de la línea habitual de curiosidades y técnicas literarias. Sabéis que soy de reflexionar sin un motivo concreto.

No recuerdo el día que empecé a escribir. Tampoco lo que escribí, pero sí por qué: quería dar distintos finales a mis series preferidas. ¿Cuáles eran? Pokémon, Digimon, La pajarería de Transilvania, Escaflowne, Gárgolas... y un largo etcétera. Luego de algunos años comencé a construir mis propias historias, la mayoría influencia directa de lo que leía, veía y jugaba. Solo de adolescente surgió la idea de convertir la escritura en algo más, aún no sabía qué. Un camino del que no quería desviarme nunca o una carrera de fondo en la que todos los competidores eran yo; una ambición profesional, de eso no cabía duda. De los quince a los diecinueve escribí sin control y sin miedo y casi todo se quedó sin punto final, pero lo más importante es que el sendero del aprendizaje se traza solo a través del ensayo y error, y no sería la Eleazar que os habla ahora sin haber tropezado mil veces. Durante esos años se forjó mi deseo de convertirme en escritora "publicada". De ahí el fervor, seguramente. Más adelante cambió mi percepción: ser escritora es tener una profesión a la que dedicar horas y horas. Nadie me iba a tomar en serio si no lo hacía yo, así que creé una fórmula mágica que además sirve para muchas otras cosas en la vida: proyecto = constancia + disciplina. Si solo eres disciplinado a veces, terminarás a trompicones; si te sientas todos los días a escribir pero la mitad del tiempo lo pasas en internet, tardarás el doble de lo previsto, y probablemente será un trabajo lleno de altibajos. En resumen: me tomé escribir como la realidad que es para unos y el sueño que es para otros.

En medio de la vorágine de las redes sociales, refugio para las voces de muchísimos escritores que buscan encontrar su lugar en la literatura más tradicional, averigüé también que el exceso de ruido entorpece la creatividad. En otras palabras, pasar demasiado tiempo discutiendo y cotilleando no sirve para nada. ¿Qué importa a partir de cuántas palabras se considera novela larga o 'novella' (o novelette, ¡hay tantos temas para perder las horas...!)? ¿O quién está a favor o en contra de la piratería? No me gustan los patios de recreo, pero es verdad que cada cual es libre de invertir su tiempo en lo que quiera. Facebook y Twitter también son escondites para editoriales fraudulentas, revistas literarias, proyectos de gran envergadura abiertos al público... Las posibilidades son inmensas, pero he visto a más de una persona perderse en esta inmensidad. No es sano. Como tampoco lo es dar la espalda a la difusión que las redes sociales pueden proporcionar.
© Michael Hirshon
Supe de todo esto sin dejar de escribir, porque no puedo dejar de escribir como tampoco puedo dejar de comer pipas. Es una adicción. Liberadora e intensa. Sufrida, por supuesto. Decía Murakami que escribir es un esfuerzo físico y mental que nos deja agotados. Probablemente incluso sea más complicado para los que escribimos que para los que no. En periodismo los profesores solían decirme que era incapaz de precisar la información en un texto. Me iba a fuego por los cerros de Úbeda, y todo el mundo sabe que son igual de traicioneros que el triángulo de las Bermudas. Al final aprendí, claro, pero a base de colocar la rigurosidad por encima de las figuras literarias (al menos en el periodismo más estricto). En cualquier caso, nunca veo el acto de escribir como algo sencillo. Somos hijos de lo audiovisual. Este formato ha condicionado y condicionará la literatura futura. Es difícil crear un párrafo tan compacto como una imagen. ¿Estamos trasladando inconscientemente la inmediatez y la cinemática al estilo? La respuesta más honesta que puedo ofrecer es que no lo sé, pero no es la primera vez que pienso en ello.

Soy autora. ¿De qué? De una centena de relatos y cinco novelas (que no tienen por qué ver la luz solo por el hecho de estar terminadas). Y la situación no puede ser más emocionante: estoy metida de lleno en un proyecto personal que mezclo con otro de diferente extensión y con el crowdfunding de Pulpture. Ambos son saltos cualitativos con respecto a lo que hacía antes; digamos que está siendo como saltar al vacío gritando "¡yija!"y confiar en que la caída no llegue nunca. Ese segundo de euforia en medio del abismo. Ese instante donde lo ves todo alto y claro y por el que volverás a saltar. Eso también es escribir. O vivir.

Un grito sincero: ¡os necesitamos!
Soy autora. Desde que lo decidí, no he necesitado concursos ni crítica que me avalen, y sé mejor que nunca que la escritura es una carrera de fondo. La sinestesia dice que "escritura" es azul, roja, blanca y marrón, bandera un tanto extraña pero que alzo sin miedo al descrédito. Viene a ser un "¡que os den!" muy diplomático porque a veces me da por ahí. Y desde que soy autora, yo hago las preguntas. Yo escojo la dificultad de lo que hago. Yo escojo las palabras. Y esa es una de las razones por las que unos días es más fácil escribir que otros.

Soy autora en un periodo donde proliferan obras, autores, historias, ideas, editoriales, conflictos, enemistades, apoyo, promesas, futuros. Para algunos esta abundancia es objeto de crítica: "ya no se lee tanto" (se lee más), "los e-reader son el demonio" (se lee mejor), escoged vuestra preferida y contestadla como más rabia os dé. Es innegable que los tiempos están cambiando, pero ¿qué sería de nosotros si nada cambiara nunca?