domingo, 14 de agosto de 2011

Perseidas, o un viernes casi de madrugada

—Ohm, buenas noches.
—O buenos días, según sea el afortunado.
—Eres tan remotamente frágil y poco sofisticado, Arturo…

Casiopea acarició su cabellera plateada como si fuera un arpa y tocara una melodía inaudible. Poseía unas pestañas tan largas que llegaban hasta el mismísimo cielo, y con solo desearlo podía poner a un hombre a sus pies; sus ojos eran dos zafiros refulgiendo en el espacio, supernovas azules, incandescentes. Era de belleza grácil pero inusual, pues se movía con la sutileza de un junco y la delicadeza de una gran mujer. Aun tumbada, con las piernas recogidas como se hallaba, se intuía la esbeltez de su figura. Nadie, ni aquel en su presencia, se aventurarían a contradecir algo semejante.

Así que al pie del cielo y a millones de años luz se encontraba Arturo, en el inmenso lienzo nocturno y únicamente iluminado por todos ellos, las constelaciones, la luna y otros enseres.

1 comentario:

  1. breve, pero trabajado excelentemente!
    No hay gran cosa por comentar, simplemente el agrado que he sentido al leerte

    Besos y abrazos desde el Teatro Mágico
    Víktor

    ResponderEliminar

¡Pasa, pasa! A este comentario invita la casa. ;)