martes, 6 de diciembre de 2011

Las monedas saben mucho de suerte

Ardían los últimos vestigios de vida humana. Una columna de humo se irguió por encima de sus cabezas, marcando los lugares donde se encontraban los últimos luchadores, los que no se habían rendido al cansancio, a la desesperanza, a un futuro mejor. Eran un puñado de cincuenta, quizás cien personas por cada punto de luz en la negrura, y estaban decidiendo cómo estirar su existencia apenas unas horas más.
Rayó la aurora, y con ella, se disipó el humo delator. Cerca del polígono industrial que antaño había pertenecido a una conocida marca de ropa, Cassidy y los demás contemplaban el cielo, expectantes de verlo cubrirse de manchas grises. Podían oír el rugido de los motores envenenando el aire: estaban tan cerca de su destino que nadie se atrevía a hablar.
—Hagamos un círculo, vamos —dijo una voz tras ellos, proveniente de las tiendas.
Cassidy la ignoró. Las naves ocultaron el cielo, acaparando toda su atención. Los primeros rayos violáceos caían sobre sus amigos y pronto llegarían hasta ella. Pero cuando la voz volvió a hablar, la gente obedeció y se congregó a su alrededor.
Estaba encapuchado, y nada de él se distinguía excepto una reluciente moneda de plata que hacía girar en su mano. Cuando estuvo a su altura, él le dirigió una sonrisa certera, tan oscura y enigmática como el futuro que aguardaban.
—¿Cara o cruz, Cassidy?
«¿Cómo sabe mi nombre?» acertó a preguntar, y casi sin darse cuenta imaginó la salvación plasmada en un rostro de perfil. El misterioso hombre sonrió y la moneda bailó en el aire antes de volver a sus manos. Ya, cuando el rayo caía sobre ella y la elevaba por encima de sus cabezas, Cassidy tragó saliva.
—Ha salido cara... —susurró, buscando los ojos del extraño con los suyos.
La luz trazó brevemente sus facciones, y a Cassidy le pareció que no eran humanas.
—Entonces, quizás no esté todo perdido. 


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Este es el relato que presenté al certamen Fantasti'cs 2011.  

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