miércoles, 8 de junio de 2011

El inmortal

Durante los primeros retazos de mi inmortalidad, me dediqué a presumir del don que me había sido concedido. Fui alabado y odiado a partes iguales, y mientras mi presencia marcaba las vidas de las personas que iba conociendo, yo olvidaba sus caras al cabo de unas horas. El tiempo iba perdiendo significado hasta que, un día, dejó de existir.

[...]

Volví a la civilización y me limité a comprobar la repercusión que había causado en la Historia. ¿Se hablaría de mí a los niños? ¿Habría libros escritos contando mis viajes y mis enseñanzas? No podía evitar aquellos sentimientos encontrados.

Desagradable sorpresa fue ver que nada se había alterado tras mi desaparición. En algún momento de las vidas de los mortales mi leyenda había sido olvidada, y no tardé mucho en comprender que en realidad nunca fui algo parecido, sino un pobre hombre con la ambición desatada.

La Ciudadela


A cada paso que doy reparo en lo irreal que es todo. Trozos de edificios se sostienen en la letanía como un lienzo futurista. Un banco de niebla gris rodea las casas y otras construcciones extrañas posadas en tierra. Muchas no tienen puertas, o ventanas, o se sitúan en lugares inaccesibles. Aunque sé que es una original creación de mi mente, no puedo evitar pensar en lo consistente que es. Siento el frío de las baldosas o el aire acondicionado de las tiendas. El rumor del viento me acaricia la mejilla y de vez en cuando levanta algo de polvo, una fina gravilla que cubre el suelo. Disfruto con esta realidad ya la vez soy consciente de que vivo un sueño.

Me dejo llevar.