jueves, 15 de junio de 2017

Relojes de hueso, de David Mitchell

Relojes de hueso es uno de esos libros que es mejor empezar sin saber nada. La sinopsis, que en otro momento habría pecado de indiferente, es perfecta para la historia que narra su autor, David Mitchell, conocido también por El Atlas de las Nubes. No lo he leído, pero si el ambiente, el estilo y el entramado narrativo (me lo acabo de inventar) se disfrutan tanto como este, me lo compraré seguro.


Autor y traductora: David Mitchell, Laura Salas Rodríguez
Editorial: Random House Mondadori
Páginas: 720
Euros: 22,71
Sinopsis: Después de una pelea con su madre, Holly huye de su hogar. Mientras se adentra en la campiña inglesa, una extraña se cruza en su camino y le solicita «asilo», una petición a la que la adolescente accede sin ser consciente de su significado. De repente, las extrañas visiones y voces que la acechaban de niña vuelven a perseguirla y alteran su mundo hasta adquirir un aura de pesadilla. A esto se añadirá la traumática desaparición de su hermano pequeño, un niño inquietante con una inteligencia inusual. Pasarán muchos años antes de que Holly entienda qué sucedió ese fin de semana.


Hace muchísimo tiempo que no tenía una novela extenso entre manos. La lectura fue un regalo (tanto físico como la historia en sí). Me suena que Relojes de hueso tuvo bastante publicidad y mucho impacto bloguero y booktuber, pero por alguna razón pasó completamente desapercibido a mis ojos. Ahora me alegro, porque de no haber sido un regalo habría permanecido así puede que para siempre.

Jo, visto lo visto, va a ser complicado hacer una reseña de un libro del que no quiero que sepáis nada. Hablemos de sensaciones entonces: ese peso de los años en la narrativa no necesariamente cronológica, como si te hicieras vieja a medida que pasas páginas; detalles tan íntimos como el reflejo de una flor en los ojos de una persona que reaparecerá cuando menos lo esperas para dar sentido a otra existencia igual de diminuta y especial; situaciones de eureka indescriptibles cuando el argumento te señala algo que siempre ha estado ahí (y lo peor: ¡lo sabes!, pero de una manera subversiva, porque Relojes de hueso está cargado de submiradas, subdiálogos, subimpresiones y subpeleas); instantes de tensión similares a cuando tienes que llevar un plato de sopa caliente a la mesa sin que se desborde; el reflejo de una misma en voces de los personajes y en sus frases y en sus actitudes e inquietudes, el mejor espejo.
Los escritores no escriben en el vacío. Trabajamos en un espacio físico, una habitación, pero también escribimos en un espacio imaginario. Entre cajas, cajones, estantes y armarios llenos de... trastos, tesoros, tanto culturales (nanas, mitologías, historias, lo que Tolkien llamaba "el montón de abono") como personajes: la televisión infantil, cosmologías domésticas, historias que oímos primero de nuestros padres y luego de nuestros hijos y, algo crucial, mapas. Mapas mentales. Mapas con bordes. Y a Auden, como a muchos de nosotros, lo que realmente le fascinaba eran los bordes de los mapas...
Bien pensado, para mí la clave de ha sido precisamente eso: reconocerme en cada una de las personas marcadas por el conflicto entre horologistas y anacoretas (palabras que ni siquiera sabía que tenían significado real). Cerca del final se desvanece el concepto del libro como una sucesión de pasajes y se redibuja como una telaraña a merced del tiempo en la que muchos han quedado atrapados. A veces porque así es la vida, a veces para nada, o a veces solo por lo que podía haber pasado.

Horologistas y anacoretas

Ciñéndonos a las definiciones, la horología es la ciencia que mide el tiempo, y tiene su origen en la antigüedad allá por los albores de los relojes de sol, llamados gnomon. Si algo define a la humanidad es su obsesión por atrapar, medir, manejar a su antojo el tiempo del que dispone. En Relojes de Hueso, los horologistas nacen con la capacidad de revivir cada cuarenta días involuntariamente sin importar las circunstancias. Son inmortales. Siendo precisa, atemporales. Viven ajenos a la preocupación por excelencia del resto de los mortales: no tener tiempo, o quizás, morir antes de hacer todo lo que queremos hacer. La horología aparecerá con pequeñas pinceladas a lo largo de la vida de Holly Sykes y tejerá a su alrededor una red de acontecimientos en la guerra contra los que han conseguido detener el tiempo a un precio altísimo.

Los anacoretas tienen dos definiciones interrelacionadas: son aquellos que viven aislados en comunidad y rehúsan de bienes materiales o ermitaños cuyo objetivo es entregarse a la penitencia y a la oración. David Mitchell utiliza el ‘core’ del término a la hora de presentar a sus antagonistas (lugares sagrados, terminología cercana a la eclesiástica) y lo reconduce hacia un significado más profundo: los que han dado la espalda al tiempo sin importar cuán alto es el coste. Este coste es secreto si no has leído el libro. Personalmente jamás pensé en los anacoretas como el grupo de gente mala a la que hay que detener. Si me ofrecieran la juventud eterna a cambio de un par de trabajillos cada tres años, como mínimo le daría una vuelta; ahora que todavía tres cuartos de siglo (en el mejor de los casos) puede que no le dé importancia a la juventud, pero ¿pensaré igual cuando tenga sesenta o setenta y me ronde ya la sombra de la muerte? El propio Mitchell lo imaginó como un “contrato faustiano”, tu alma a cambio de la inmortalidad. Que por cierto ha calificado Relojes de Hueso como su novela de la crisis de mitad de vida. Mitchell tiene 45 años.

Voces muy diferentes tocan temas igual de dispares. Encontraremos pasajes sobre la guerra de Irak, el sendero de los enfermos de Alzhéimer, las… movidas de un novelista (aquí muchos se sentirán identificados; yo menos porque no tengo editor :b) y una muy, muy interesante y compleja narrativa postapocalíptica a favor del medio ambiente, o como lo llamaron “novedosamente” hace un tiempo en The Objective, climaficción (y aquí una corrección interesante de la Fundéu).

Relojes de Hueso desarrolla en setecientas páginas el enfrentamiento entre horologistas y anacoretas casi de pasada, como si fuera de importancia relativa para el resto de los mortales. Y así es, en realidad. En una guerra milenaria, nosotros, las personas, somos el único mecanismo válido para medir el paso del tiempo.