jueves, 23 de noviembre de 2017

Grimorio 13, primera página




🔹GRACIAS

No hay mejor leyenda urbana que la que dice que editar es fácil, ni peor historia de terror que embarcarse en un proyecto que se hallaba, de alguna manera, perseguido por fantasmas del pasado. Sin existir todavía como tal, Grimorio 13 imponía respeto. Uno de los autores, Álvaro Aparicio, germinó la idea de una antología oscura con José Núñez, editor de Carlinga, pero la idea se congeló igual que se congela quien sufre parálisis del sueño: súbitamente y sin posibilidad de reacción. La esperanza de retomarlo en tiempos más prósperos permaneció con la ilusión de los autores por adentrarse en un género tan escurridizo (¡y diría que castigado!) como es la fantasía… oscura. 

Aquel fue el primer obstáculo: ¿Qué es la fantasía oscura? Ni siquiera yo lo tenía muy claro. Al menos, no en la estética, sí en la forma; me pasé varias semanas leyendo relatos de fantasía oscura, que no grimdark, antes de presentarme a los autores como «la editora». Descubrí varias cosas: la primera, que no es un subgénero arraigado en España, y las publicaciones de fantasía oscura se cuentan con los dedos de las manos, y la mayoría se amparan en géneros más grandes como el terror o la fantasía; la segunda, que necesitábamos alimentar nuestro propio imaginario con historias que sucedieron (¿o no?) en pueblos y ciudades que hemos recorrido cientos de veces. Lugares sombríos. Sucesos extraños. Escalofríos al cruzar un puente. Lienzos que recuerdan nuestra propia mitología mejor que nosotros. En definitiva, apostamos por una mezcla de folclore español y ficción. Y no puedo estar más orgullosa.

Hasta aquí fue fácil. Después llegaron las preguntas, ecos de todas las inseguridades que pueden llevarte a replantear una antología entera: ¿Qué puedo aportar yo a los autores? ¿Desde qué perspectiva debería revisar los relatos? ¿Dónde pongo el listón? Y la eterna pregunta sin respuesta: ¿Estoy haciendo lo correcto? Pero a ver, que solo estás coordinando una antología. Pues sí. Pero también quería hacer algo de lo que no paro de hablar, que es construir ficciones inclusivas y feministas. Ese ha sido el objetivo principal: la reinterpretación desde una perspectiva feminista. No es sencillo. Existe un gran trabajo de autocrítica detrás, primero, y luego externa hacia los autores, quienes han aceptado las revisiones con muy buen talante.

Grimorio 13 reúne trece autoras y autores de bagajes y experiencias distintas. Para algunos es su primera publicación, así que hemos querido hacer de la antología un lugar seguro, un recuerdo bonito al que volver, un punto de partida digno. Vivir con todos ellos el proceso de edición desde la raíz ha sido gratificante durante todo el camino. Cada relato es la mejor versión de sí mismo, y cada uno está representado en la ilustración que Rubén Megido tuvo a bien crear para esta ocasión. Lo tiene todo, pero sobre todo, ese augurio de misterio que encierran los relatos.

A mí ya solo me queda dar las gracias, así que gracias. Nos veremos por ahí: en el reflejo turbio del agua o entre parpadeos frente al espejo, cerca de las buenas historias.

BREVÍSIMA FICHA TÉCNICA

🔹Título: Grimorio 13
🔹Editora y correctora: Eleazar Herrera
🔹Coeditor: José Núñez
🔹Editorial: Carlinga Ediciones

🔹Ilustrador: Rubén Megido (RUGIDO ART)
🔹ISBN: 978-84-942225-6-6
🔹Fecha de lanzamiento: 💫 29 de noviembre💫
🔹Autoras y autores: Álvaro Aparicio, José Luis Carrasco, Enerio Dima, Pau Ferrón Gallegos, Miguel Gámez, Juan Luis García-Alonso, Mariela González, Mercè Homar Más, Jorge López, Myriam Millán, Andrea Prieto Pérez, Nadia A. Sanabria, J.C. Sánchez.

jueves, 5 de octubre de 2017

Escribes como un jardinero


Yo soy cola, tú pegamento.

Cualquiera puede aprender escritura creativa. Existen cursos gratuitos y careros en formato online y presencial de toooodo tipo de géneros e impartidos por una cartera de autores interesantísima. Quien tenga ganas de aprender siempre conseguirá uno con el que inspirarse. Personalmente, no hay curso creativo más útil que relacionarte con otros de tu especie aunque sea para ir al cine y retroalimentar la ilusión ajena con la propia.

Encontrar autores en tu zona puede ser difícil si vives en una ciudad con poca oferta cultural o no tienes internet (sin sarcasmo) o tienes el tiempo justo para desmayarte en la cama al final del día. Casi todos tenemos un segundo primer trabajo que paga las facturas. Si sumamos hijos, responsabilidades adicionales y aficiones, las horas de escritura se convierten en segundos. ¡Como para apuntarse a cursos de escritura creativa! Es dramático, pero no mucho: las alternativas son interesantes. Por ejemplo, Brandon Sanderson graba sus clases de Escritura Creativa en la Universidad de Brigham Young y las sube a YouTube. Son breves, de quince minutos. En mi caso, ideales para escuchar mientras cocino. En ello estaba el otro día cuando aprendí una nueva manera de catalogar los tipos de escritor: exploradores (también llamados jardineros) y planificadores (o arquitectos). El debate brújula VS. mapa 2.0.

EXPLORADORES (DISCOVERERS)
George RR Martin se considera un explorador, aunque Sanderson prefiere denominarlos jardineros. ¿A qué viene este nombre? Pues a que estos autores dejan que sus historias crezcan solas, poco a poco, como una planta a la que riegan cada día. Trabajan mejor sin una estructura definida. Si esbozan un guion con los acontecimientos, se aburren porque la historia se vuelve predecible ¡para ellos mismos! Les gusta sorprenderse a medida que escriben, con inspiración o sin ella. No penséis que solo se sientan a escribir cuando las musas se pasan a tomar café.

 ¿Cuáles son los problemas habituales de los exploradores?

🔹 Revisan a muerte. Una y otra vez. Quieren el capítulo perfecto antes de continuar con el siguiente. Solo avanzan cuando alcanzan esta falsa perfección, que no es más que cumplir la autoexigencia desmedida de ese momento… porque al día siguiente su percepción habrá cambiado.
🔹 No saben hacia dónde va su historia. Finalizan el primer capítulo. Cuando terminan el segundo tienen una iluminación sobre el cauce narrativo que les obliga a cambiar ideas del primer capítulo. Así sucesivamente: el capítulo tres modifica elementos de los dos anteriores, el cuarto de los tres últimos… Todo, al menos, hasta que consiguen la dirección definitiva.
🔹 Finales sin resolución. Como se dejan llevar, desconocen dónde acabarán. En palabras de Sanderson: “lo que buscas de un final es que resuelva conflictos, que cierre una trama”. Los exploradores suelen dejarla abierta porque nunca se sabe, porque en realidad ellos tampoco saben si es un hasta pronto o hasta siempre.

Las principales recomendaciones de Sanderson para este grupo son simples: hay que aprender a seguir adelante, no estancarse en la búsqueda de la perfección, y preguntar: “¿Cómo quiero que acabe?” aunque sea a modo de referencia. Encaminados el principio y el final, el viaje es mucho más amable.

PLANIFICADORES (OUTLINERS)
En la otra cara de la misma moneda se hallan los planificadores, también denominados arquitectos o ingenieros de las palabras. Chulo, ¿que no? Son, claro está, lo contrario a los exploradores: necesitan saber qué van a escribir antes de sentarse a ello. Si se ponen a escribir sin una guía, el vacío de la página en blanco se los traga y nunca empiezan su historia. ¿Quién no ha sentido alguna vez ese apabullamiento frente a la primera página del Word?

Cada cual pelea el bloqueo como puede. Los planificadores, esbozando el argumento en sucio, resumido, apuntado esquemáticamente o escrito para sí como una nota a su yo del futuro. Sanderson cuenta que esta forma de escribir tiene mucho que ver con la ingeniería y la arquitectura en el sentido de construir una historia a partir de piezas pequeñas, pero no es un abc que sigan a pies juntillas (habrá quien sí lo haga) sino más bien un mapa con el que orientarse en su propio universo. Personalmente, me reconozco aquí. Suelo hacerme escaletas para todo porque si no se me olvidan las subtramas y me la lío a mí misma.

Pero ¿de qué pie cojean los planificadores? Probablemente de todos, incluso de los pies de otro.

🔹 Mucho ‘worldbuilding’ y pocas palabras. Como quieren tenerlo todo atado, invierten muchísimo tiempo en el contexto, los arcos de los personajes, el tipo de tela que se usa en esa ciudad, el idioma, la fauna y la flora; que está fenomenal mientras te sientes a escribir de una vez. ¿Cuántos mundos estarán esperando su historia? En mi caso, un montón.
🔹 Son culos inquietos. No revisan. Escriben, terminan y a otra cosa. Pierden el interés por la historia en cuanto ponen punto final y su ilusión se va hacia otro proyecto. Y si revisan, no paran de pensar en su próximo proyecto.

Sanderson les recomienda no detenerse tanto en los detalles y escribir, es decir, coger un poquito del carácter de explorador e imprimírselo a uno mismo, y viceversa para los exploradores, que deberían de tener algo atado antes de empezar su aventura. Él  prefiere bocetar el universo al detalle y dejarse llevar con los personajes. Si la historia es muy compleja (imaginemos El Archivo de las Tormentas), se hace un guion también con las tramas y las subtramas. Lógico. Al final, está claro que no sabes qué tipo de escritor eres hasta que no escribes.

💮 Todas las clases de Brandon Sanderson, aquí. 💮

martes, 12 de septiembre de 2017

Wes Marino: Bajo la piel de la ciudad

Parte de la portada original, por Carolina Bensler.
El periodista más random de la ciencia ficción escrita por Eleazar (o #gordipunk🍕) nació hace muchos años, casi diez, mientras daba un paseo por Vitoria. Si alguna vez habéis visitado Vitoria, sabréis que fue capital verde europea, y que los parques, las flores y los bosques la rodean como si pretendieran invadirla; pero también es un lugar gris y azul en las estaciones de frío. La gente se arrebuja en sus bufandas, los nubarrones ocupan el cielo, el viento rasca las naricillas de los perros… Y en una de estos paisajes me hallaba yo pensando en qué haría con mi vida cuando terminara la carrera. Quería contar historias. Nada más. No sabía el medio. Si la radio, la televisión, el periódico o una revista digital serían ideales para mí o yo me tendría que adaptar a ellos o qué. Tampoco sabía si tenía madera como sé que la tienen otros. Nunca fui de actualidad, la vida del tuitero cazanoticias no era la mía. ¿Y para quién era? ¿Y cómo sería? Total, Wes Marino se construyó a través de preguntas dirigidas a mí misma.

La ciencia ficción es un escenario tan válido como otro cualquiera. Lo elegí porque, sin saberlo, ya pensaba en la épica de las cosas pequeñas. Mientras Wes deambulaba por mi cabeza un poco perdido (“¡No tengo una historia! ¿Qué demonios voy a contar?” imaginaba que me reprochaba con los brazos cruzados y la expresión chof de quien pierde un metro en su cara), comencé a ir a las Tertulias de Ciencia Ficción de Vitoria. Se discutían clásicos bastante variados, había apariciones fugaces de autoras que no conocía, me sacaba de casa los miércoles por la tarde, y su atmósfera entre libros era agradable. Al principio no necesitaba nada más. Luego, sí: leer esto y lo otro y aquello y escribir, escribir, escribir para sacar lo que tengo dentro, que es mucho y se me hace bola.

Pero Wes Marino seguía sin su noticia.

Como orquestado, estudié el transhumanismo en una asignatura del máster llamada Movimientos Culturales. La tesis de mi profesor, además, trataba sobre El Señor de los Anillos; en una universidad donde todo el mundo escribe sobre literatura realista o no ficción, me sorprendió leer algo sobre lo fantástico. Poco después Mariano Villareal lanzó la primera convocatoria de Terra Nova II. Sonó clic, chas, pum, sonido de taladro en algún rincón de mi mente. Lo demás fue una vorágine de notas estúpidas e ideas convertidas en un relato largo llamado Lejos de la Tierra, cerca de la eternidad. Ese fue el borrador de lo que hoy es Wes Marino: Bajo la piel de la ciudad, y así, tras dos o tres revisiones, lo mandé a varias editoriales y al concurso. Hubo una interesada antes de Cerbero, pero qué sé yo, se olvidó o la chispa se apagó o no acabó surgiendo, y no importó demasiado porque significaba que la historia no estaba preparada. En 2017 le di un pequeño lavado de cara y lo envié a la convocatoria de bolsilibros de la Editorial Cerbero. El resto es historia.

WES MARINO
Tres palabras: temerario, suertudo y listo. Temerario porque solo él se metería en problemas con el estandarte de La Verdad en lo alto, y ligada a esta temeridad está la pureza de quien cree que La Verdad es lo único que importa. Suertudo porque se rodea y se rodeará de personas que le complementan a la perfección, como es el caso de Juárez. Listo porque Wes es consciente de que ellos podrían superar los obstáculos sin él, pero no viceversa.

JUÁREZ
Tres palabras: distante, hábil, enfadada. Distante porque después de todo, lo único que pretende es resolver los problemas que ella misma se ha buscado, no los de los demás. En este sentido, Wes la pondrá en un apuro, obligándola a enfrentarse al sentido de la justicia que abandonó por salud. Hábil porque, madre mía, Juárez es diestra (si habéis leído el bolsilibro, badum tss) tanto con las armas como con los imprevistos, y hará de contrapunto a los planes nefastos del periodista. Enfadada porque sus expectativas sobre cómo iba a ser su vida no se han visto cumplidas. Juárez tiene su propio arco argumental. De hecho, su propia novela, algo así como una biografía desde sus orígenes en el México de la Tierra hasta… hoy, mínimo, y las historias que quedan por contar.

Esta es la primera de muchas aventuras que han hipotecado mi imaginación para siempre. Desconozco si serán publicadas, pero al menos sí serán escritas. Espero que me acompañéis en el camino, y las disfrutéis tanto como yo. Seré feliz si consigo que Wes Marino os distraiga un par de horas una tarde especialmente dura de domingo, esas en las que pasas más tiempo pensando que es domingo que aprovechando el tiempo libre que queda. ¡Nos leemos!


🔹 ¿Dónde comprarlo? Físicamente en la librería Cyberdark en Madrid y en la Librería Gigamesh en Barcelona o desde la web de la Editorial Cerbero.
🔹 Precio: 5 euros.
🔹 Páginas: 164.
🔹 Ilustración de portada: Carolina Bensler.
🔹 Formato: 10,5x14,8. Bolsilibro. Rústica PUR.
🔹 Colección Wyser nº10.
🔹 ISBN: 978-84-947454-5-4
🔹 ¿Dónde reseñarlo? ¡En Goodreads! Pero también en vuestros blogs, por Twitter, por Facebook, en persona tomando algo... Todos los formatos valen. ¡Vuestras opiniones son muy importantes!

jueves, 13 de julio de 2017

El valor de los arquetipos


Cualquiera con unas nociones mínimas de cine y literatura puede enumerar los tropos más conocidos de la cultura occidental. El más reescrito en la historia de la humanidad es el Monomito, en el que el héroe siente la llamada a la aventura y parte en pos de un objetivo a través del cual alcanza la madurez. Muy, muy grosso modo, porque no tiene sentido extenderse en este punto. Desde Jung en adelante se han elaborado un sinfín de estudios que profundizan en los arquetipos principales de personalidad, pero ya existían con anterioridad en toda clase de literaturas, sin contar las tradiciones orales que reformularon el concepto generación tras generación.

LUGARES COMUNES
Un lector voraz sabrá identificar con soltura las características que definen a los personajes arquetípicos, y probablemente, a raíz de leerlos y encontrarlos y reelerlos y no poder escapar de ellos acabará renegando hasta de la historia. Quizá esta sea una de las razones por las que la búsqueda de la originalidad se prioriza en detrimento de otros aspectos igual o más importantes, pero no me quiero adelantar; los arquetipos, primero. En este sentido, creo que la línea entre “arquetipo” y “lugar común” es tan delgada que la tendencia es confundir lo que provocan ambos conceptos. El uso de expresiones o frases hechas, palabras que casen juntas, metáforas conocidas o sinestesias culturales son lugares comunes, pero también lo son hablar de la muerte, los sentimientos, la conquista bélica y amorosa y el éxito. Por ejemplo: en Bajo la misma estrella (2012), la cuestión no es que la protagonista tenga cáncer sino que la trama se ubique entre dos lugares supercomunes como son el amor y la muerte. Quizá haya quien opine que los protagonistas son arquetípicos, pero, si lo son, es debido a donde se sitúa su historia.

¿Están los arquetipos relacionados con los lugares comunes? Sí. Unos tiran de otros. Y juntos, con un guion mal estructurado o una narrativa poco trabajada resultan un libro “malo”. A mi juicio (siempre) la apatía de los lugares comunes reside en su contribución a la literatura. En otras palabras: no aporta nada nuevo contar la misma historia ochenta veces con diferentes nombres, ¿verdad? Y sin embargo, no todo en esta vida es escribir Lo Más Original del Mundo ni es necesario aportar nada útil a la literatura. ¿O tal vez sí? La función del escritor y de la literatura es un debate muy serio por el que se pierden seguidores en Twitter, atención. Watch your step.

UNA BÚSQUEDA PERSONAL
Si algo sé (igual que sé que la lluvia moja) es que la escritura es una herramienta personal e intransferible. Casi como una opinión. La experiencia individual de un autor no es comparable a la de otro básicamente porque los caminos son únicos para quien los camina. Habrá puntos donde coincidan, pero no existen dos iguales. En esta línea de pensamiento, inconscientemente o no, también se encuentra el lector voraz; y lo mismo para las profesiones colaterales a la de escritor. Habrá quien lea por entretenerse y habrá quien busque un sentido especial en las historias, o un tema, o una época, o un arco exacto. Habrá quien lea por todo lo anterior. Y habrá quien no lea porque no ha encontrado en los libros el refugio del que tanto le han hablado.

Mi viaje lector ha tenido más bucles que el Dragón Khan. Hasta la adolescencia y un poquito más me dediqué a leer todo lo que cayera en mis manos: aventuras fantásticas y espaciales, novelas de amor, líos de institutos, algún clásico obligatorio para clase, mangas, enciclopedias viejas, etiquetas de champús… Cualquier cosa que alimentara al monstruo de la lectura. Más adelante, cuando me di cuenta de que me apetecía escribir mis propias historias de verdad, que no era una ilusión esporádica, me dije que tenía que buscar buenas novelas. Que dieran vueltas de tuerca. Que me dejaran clavada en el sitio. Que hicieran *pum, clonk, ruido de taladro* en mi cabeza. En ese momento también vivía la época de apatía literaria. Todo me parecía igual. Veía patrones en todos los libros. Tópico por aquí, topicazo por allá, siempre lo mismo.

¿Te gusta el Monomito? Pues toma.
La búsqueda de originalidad que vino a continuación arrasó con el resto de aspectos tan importantes (o más) en una novela. Quería cosas diferentes y punto. Así de inflexible. Y esta gesta me recuerda un poco a las tendencias editoriales que prefieren lo nunca visto en detrimento de calidad, representación, diversidad, narrativa o historia, y que dejan de lado estas cuestiones si La Originalidad se encuentra en uno de ellos. Como un cuerpo albergando un demonio al que hay que exorcizar.

A ver: no hay nada malo en buscar lecturas originales. La cuestión aquí es que veo injusto priorizar lo novedoso (que caducará) sobre lo demás (que permanecerá). ¿Cuántas veces hemos leído ganchos como “el nuevo (insertar nombre de autor)”? ¿Y cuántas veces es cierto? ¿Y por cuánto tiempo será cierto si lo es ahora? Solo son preguntas.

LA ÉPICA DE LAS COSAS PEQUEÑAS
Considero que el desafío creativo está en hablar sobre las mismas cosas de una manera nueva. Los arquetipos, tópicos, estereotipos… no me molestan tanto como antes. De hecho, sigo encontrando encanto en las historias tipo “quaterback se enamora de la chica nueva” o “heroína debe dejar su pueblo en busca de un objeto sagrado”. El cliché me gusta. No me gusta el tratamiento posterior. Lo verdaderamente pobre de una historia es que sus personajes no dejen huella en ella. Mi único objetivo es, precisamente, contrario: que los personajes entren a escena de una manera y salgan de otra. Algo así como nuestra vida.

Así, me siento mucho más cómoda describiendo entornos conocidos, sobre todo naturales, a los que añado elementos fantásticos o futuristas. "Pensar a lo grande" suele desembocar en preguntas pequeñas: “¿Cómo será el día a día de un panadero en una ciudad regulada con magia? ¿Te puedes teñir el pelo de manera que cambie según tu estado de ánimo? ¿A qué hora se levanta un conserje en un espaciopuerto?” Tales preguntas no tendrán Respuestas que Cambiarán el Curso de la Historia ni son planteamientos inéditos que se incluirán en la Generación Millennial de la literatura; pero la vida no es el viaje hacia la consecución de una gran y única hazaña, sino una sucesión de etapas pequeñas y modestas que cuentan a lo largo del camino. El viaje es la vida misma.

Y la épica de las cosas pequeñas es justo eso: sobrevivir a una semana nefasta en el espaciopuerto justo antes de las vacaciones de navidad, o tener un trabajo que odias (contable en un despacho de abogados) para poder seguir haciendo lo que más te gusta (una beca en Lenguas Arcanas). Las heroicidades tal y como las conocemos no son para mí, pero he leído muchas para saber apreciar los arquetipos y llevarlos a mi universo personal.

jueves, 15 de junio de 2017

Relojes de hueso, de David Mitchell

Relojes de hueso es uno de esos libros que es mejor empezar sin saber nada. La sinopsis, que en otro momento habría pecado de indiferente, es perfecta para la historia que narra su autor, David Mitchell, conocido también por El Atlas de las Nubes. No lo he leído, pero si el ambiente, el estilo y el entramado narrativo (me lo acabo de inventar) se disfrutan tanto como este, me lo compraré seguro.


Autor y traductora: David Mitchell, Laura Salas Rodríguez
Editorial: Random House Mondadori
Páginas: 720
Euros: 22,71
Sinopsis: Después de una pelea con su madre, Holly huye de su hogar. Mientras se adentra en la campiña inglesa, una extraña se cruza en su camino y le solicita «asilo», una petición a la que la adolescente accede sin ser consciente de su significado. De repente, las extrañas visiones y voces que la acechaban de niña vuelven a perseguirla y alteran su mundo hasta adquirir un aura de pesadilla. A esto se añadirá la traumática desaparición de su hermano pequeño, un niño inquietante con una inteligencia inusual. Pasarán muchos años antes de que Holly entienda qué sucedió ese fin de semana.


Hace muchísimo tiempo que no tenía una novela extenso entre manos. La lectura fue un regalo (tanto físico como la historia en sí). Me suena que Relojes de hueso tuvo bastante publicidad y mucho impacto bloguero y booktuber, pero por alguna razón pasó completamente desapercibido a mis ojos. Ahora me alegro, porque de no haber sido un regalo habría permanecido así puede que para siempre.

Jo, visto lo visto, va a ser complicado hacer una reseña de un libro del que no quiero que sepáis nada. Hablemos de sensaciones entonces: ese peso de los años en la narrativa no necesariamente cronológica, como si te hicieras vieja a medida que pasas páginas; detalles tan íntimos como el reflejo de una flor en los ojos de una persona que reaparecerá cuando menos lo esperas para dar sentido a otra existencia igual de diminuta y especial; situaciones de eureka indescriptibles cuando el argumento te señala algo que siempre ha estado ahí (y lo peor: ¡lo sabes!, pero de una manera subversiva, porque Relojes de hueso está cargado de submiradas, subdiálogos, subimpresiones y subpeleas); instantes de tensión similares a cuando tienes que llevar un plato de sopa caliente a la mesa sin que se desborde; el reflejo de una misma en voces de los personajes y en sus frases y en sus actitudes e inquietudes, el mejor espejo.
Los escritores no escriben en el vacío. Trabajamos en un espacio físico, una habitación, pero también escribimos en un espacio imaginario. Entre cajas, cajones, estantes y armarios llenos de... trastos, tesoros, tanto culturales (nanas, mitologías, historias, lo que Tolkien llamaba "el montón de abono") como personajes: la televisión infantil, cosmologías domésticas, historias que oímos primero de nuestros padres y luego de nuestros hijos y, algo crucial, mapas. Mapas mentales. Mapas con bordes. Y a Auden, como a muchos de nosotros, lo que realmente le fascinaba eran los bordes de los mapas...
Bien pensado, para mí la clave de ha sido precisamente eso: reconocerme en cada una de las personas marcadas por el conflicto entre horologistas y anacoretas (palabras que ni siquiera sabía que tenían significado real). Cerca del final se desvanece el concepto del libro como una sucesión de pasajes y se redibuja como una telaraña a merced del tiempo en la que muchos han quedado atrapados. A veces porque así es la vida, a veces para nada, o a veces solo por lo que podía haber pasado.

HOROLOGISTAS Y ANACORETAS
Ciñéndonos a las definiciones, la horología es la ciencia que mide el tiempo, y tiene su origen en la antigüedad allá por los albores de los relojes de sol, llamados gnomon. Si algo define a la humanidad es su obsesión por atrapar, medir, manejar a su antojo el tiempo del que dispone. En Relojes de Hueso, los horologistas nacen con la capacidad de revivir cada cuarenta días involuntariamente sin importar las circunstancias. Son inmortales. Siendo precisa, atemporales. Viven ajenos a la preocupación por excelencia del resto de los mortales: no tener tiempo, o quizás, morir antes de hacer todo lo que queremos hacer. La horología aparecerá con pequeñas pinceladas a lo largo de la vida de Holly Sykes y tejerá a su alrededor una red de acontecimientos en la guerra contra los que han conseguido detener el tiempo a un precio altísimo.

Los anacoretas tienen dos definiciones interrelacionadas: son aquellos que viven aislados en comunidad y rehúsan de bienes materiales o ermitaños cuyo objetivo es entregarse a la penitencia y a la oración. David Mitchell utiliza el ‘core’ del término a la hora de presentar a sus antagonistas (lugares sagrados, terminología cercana a la eclesiástica) y lo reconduce hacia un significado más profundo: los que han dado la espalda al tiempo sin importar cuán alto es el coste. Este coste es secreto si no has leído el libro. Personalmente jamás pensé en los anacoretas como el grupo de gente mala a la que hay que detener. Si me ofrecieran la juventud eterna a cambio de un par de trabajillos cada tres años, como mínimo le daría una vuelta; ahora que todavía tres cuartos de siglo (en el mejor de los casos) puede que no le dé importancia a la juventud, pero ¿pensaré igual cuando tenga sesenta o setenta y me ronde ya la sombra de la muerte? El propio Mitchell lo imaginó como un “contrato faustiano”, tu alma a cambio de la inmortalidad. Que por cierto ha calificado Relojes de Hueso como su novela de la crisis de mitad de vida. Mitchell tiene 45 años.

Voces muy diferentes tocan temas igual de dispares. Encontraremos pasajes sobre la guerra de Irak, el sendero de los enfermos de Alzhéimer, las… movidas de un novelista (aquí muchos se sentirán identificados; yo menos porque no tengo editor :b) y una muy, muy interesante y compleja narrativa postapocalíptica a favor del medio ambiente, o como lo llamaron “novedosamente” hace un tiempo en The Objective, climaficción (y aquí una corrección interesante de la Fundéu).

Relojes de Hueso desarrolla en setecientas páginas el enfrentamiento entre horologistas y anacoretas casi de pasada, como si fuera de importancia relativa para el resto de los mortales. Y así es, en realidad. En una guerra milenaria, nosotros, las personas, somos el único mecanismo válido para medir el paso del tiempo.

martes, 23 de mayo de 2017

Ficción en braille, otra gran desconocida

Fuente.
No sabría nombrar ni una sola editorial que publique ficción en braille. Al menos, no antes de informarme para escribir el artículo. Imaginaba que sí. Y está claro que existen, pero solo el hecho de “imaginar” da algunas pistas acerca del estado de la diversidad en el día a día. Pelear por el nacimiento de obras inclusivas es la respuesta natural de las minorías que buscan representación, y los bastante bien representados, unos más y otros menos, debemos escuchar antes de abrir la boca.

ATENCIÓN: se avecina una reflexión torpe mezclada con datos. Todas las fuentes están agrupadas al final del artículo.